La prueba de la montaña (relato de ficción)

Era por la tarde cuando los maestros le dijeron a Niomaru que tenía que realizar la sagrada prueba de la montaña. Su rostro – joven y redondo – palideció como la luna llena de aquel mes de agosto. Los monjes budistas de la secta Tendaishu deben pasar siempre por esta prueba para poder entrar al monasterio de Enriaku-ji. El aprendiz intentó dialogar con su maestro para no tener que pasar por ese trance:

–          Pero… yo ya he estado en la montaña, cuando era pequeño. No creo que haya nada que pueda aprender allí.

–          Niomaru, debes ir al monte Hiei y pasar la noche en la cabaña de los jóvenes novicios. Allí te aislarás durante el tiempo que sea necesario hasta que sientas la paz interior que aún no tienes, y asimiles tu pasado y tu futuro. Es la única manera de que formes parte de nosotros.

Era imposible negociar con Rikudô, por lo que el joven dio media vuelta con la cabeza gacha y se dirigió a su casa para preparar su equipaje.

A él le apasionaba la idea de internarse en el monasterio y consideraba héroes a los monjes. Pero no le atraía la idea de pasar una noche solo, aislado. Sería su primera noche alejado de sus padres, y además corrían rumores de sucesos extraños en aquella montaña. Él mismo vio como un vecino suyo regresó muy cambiado, como si la montaña le hubiera robado la juventud.

Tras despedirse de sus padres, Niomaru se dirigió hacia el refugio de la montaña. Estaba anocheciendo y la brisa veraniega le hacía sentirse bien. Encendió su farolillo, respiro hondo, cogió fuerzas y se adentró en el sendero plagado de matorrales que a la luz del farol dibujaban extrañas sombras. Pasó un buen rato caminando hasta que llegó a un punto que no conocía bien, y se sintió perdido y desdichado. El aprendiz se hallaba en una zona en la que ni siquiera veía factible regresar a casa porque no sabía por dónde hacerlo.

Pero de repente, una débil luz color anaranjado se veía a no muchos metros de distancia por lo que el chico decidió ir hacia ella al pensar que se trataba del farol de algún comerciante que se dirigía al pueblo. Quizás él podría guiarle…

Cuando llegó a donde se supone debía estar la luz, ésta se esfumó y Niomaru se quedó muy extrañado. Miró hacia todos los lados pero nada… Nada excepto una caseta a la cual se acercó y comprobó que, efectivamente, era donde debía pasar su noche de aislamiento… Su prueba de la montaña. Ahora una duda rondaba su cabeza: ¿Esa luz le había guiado hasta la cabaña?

El joven cenó dos grandes bolas de arroz y unos dulces que le metió su madre en el saco. Tras esto, hizo lo que se supone que tenía que hacer: meditar, quedarse quieto como una estatua con una correcta concentración y respiración.

No pudo contar el tiempo que estuvo sin que pasase absolutamente nada. Llegó a pensar que él no estaba hecho para este tipo de vida, pero alejó rápidamente ese pensamiento y puso su mente en blanco de nuevo. Al cabo de un rato la luz anaranjada se encontraba dentro del refugio, con más fuerza. Era un orbe luminoso que producía en Niomaru un sentimiento de familiaridad, de calidez. En su propia mente pudo escuchar las siguientes palabras.

–          Niomaru, soy yo, tu abuela.

El aprendiz se sobresaltó, todos sus abuelos estaban muertos hace tiempo.

–          Escucha bien este mensaje, pues es importante para que encuentres tu paz interior. A pocos metros de aquí hay un pequeño cementerio. Dirígete allí, es donde nos encontraremos de nuevo. Haz lo que te digo, por tu propio bien.

El chico, muy asustado, decidió hacer caso al orbe, pues la voz que escuchó en su cabeza era la de su abuela. Al llegar al cementerio allí estaba ella, o más bien el orbe de luz que le representaba.

–          Y bien, ¿qué tengo que hacer?

No obtuvo respuesta, además la luz había desaparecido. Cuando iba a dar la vuelta para regresar a la cabaña pensando que todo eran imaginaciones o ilusiones propias del aislamiento, algo le toco la espalda para llamar su atención. Se trataba de dos chicas que levitaban. Su cuerpo era blanco y su cara de una tristeza infinita. Eran dos Yuurei o almas en pena: espíritus que se quedan en el plano terrenal porque no han sido capaces de realizar el viaje al más allá  Algunos tienen aún asuntos pendientes, otros son solo víctimas de una maldición.

Las dos yuurei no dejaban de mirar a Niomaru como si quisieran algo de él, mientras que el chico cada vez se sentía más débil, como si estas entidades le robaran su fuerza vital. Pero estaba completamente paralizado por el miedo y no podía correr hacia el refugio. De repente escuchó la voz de su abuela

–          Reza y medita, haz lo que viniste a hacer. Cierra los ojos y no temas.

Se sentó en la postura típica de meditación, sacó su rosario budista y entonó unos cánticos funerarios purificadores, pero los espíritus estaban decididos a acabar con él y le hicieron verdadero daño físico en forma de arañazos y contusiones. Además, le dio la sensación de que los años pasaran por su cuerpo, uno tras otro hasta sentirse muy mayor.

Al final, cogiendo todo el valor y las fuerzas que le quedaban pronunció un último mantra, el más potente que conocía y que concluía con una sola palabra: Ohm.

Traes esto, el joven vio como la luz anaranjada de su abuela se elevaba hacia las estrellas al tiempo que las dos almas en pena – esta vez con rostro relajado – se evaporaban…

Niomaru abrió los ojos, era por la mañana y se encontraba dentro de la cabaña. ¿Qué había pasado aquella noche? ¿Sucedió esto de verdad?… Tiempo más tarde, cuando él ya estaba viviendo en el monasterio, Rikudô le explicó el verdadero propósito de la sagrada prueba de la montaña:

–          Cada mes enviamos a un aprendiz al monte Hiei, también llamado ‘monte de las ánimas’. Cuando estamos en soledad y tenemos las condiciones propicias, los que estamos llamados a ser guías entramos en contacto con nuestros ancestros. Por eso no llamamos a cualquiera sino a los que necesitan contactar, aunque ellos no lo sepan. Algunas veces los espíritus tienen algún propósito que cumplir, como era el caso de tu abuela, y nosotros somos los intermediarios. Ella – que siempre te ha observado – quería que ayudaras a esas dos yuurei, las cuales estaban perdidas y causaban grandes molestias e inquietud entre las gentes del pueblo…

Todo empezaba a tener sentido en la confusa mente de Niomaru.

–           Además… de no ser por sus consejos hubieran acabado contigo en un abrir y cerrar de ojos.

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