Carretera (Relato de ficción)

Un nuevo número aparece en el cuentakilómetros a la vez que un nuevo número aparece en el reloj de mi automóvil. La madrugada más oscura se cierne sobre mí de camino a casa. No sé cuantas horas llevo conduciendo pero estoy realmente agotado. Las charlas con los clientes que no me han llevado a ningún sitio han sido un completo gasto de tiempo. Aún así el dinero es el dinero y todos tenemos que comer.
Esta carretera es interminable ¿Cuando terminará? Ni siquiera sé donde estoy… Hace varios kilómetros que me quedé sin batería en el teléfono, ni siquiera me ha dado tiempo a avisar a mi mujer de que esta noche llegaría tarde.
Los faros alumbran tan poco que me obligo a poner las luces largas. Para mi sorpresa, la carretera no termina, la lejanía se hace palpable. No hay carteles de gasolineras o áreas de descanso, ni siquiera hay señales de velocidad, no hay absolutamente nada. No me hace ninguna gracia dormir en el coche, pero el sueño empieza a pesar.
Bajo las ventanillas para que entre algo de aire fresco y pongo la radio. Funcionan de perlas para despejarme, tanto es así que por fin veo una señal, aunque está muy lejos… Una señal de peligro, pero no es el peligro lo que me inquieta, sino las flores atadas al poste eléctrico contiguo a la señal.
Cuando miro de nuevo a la carretera, mis pies, por puro instinto frenan mi vehículo: hay una muchacha en mitad de la carretera.

– ¿Estás bien, niña? – le pregunto con el corazón palpitante.
– Si – me contesta, mientras se dirige lentamente a mí.
Consigo afinar la vista y veo que no es una niña, sino una joven mujer. Va vestida de blanco, como un camisón. No hay casas cerca de esta carretera, ni granjas, ni siquiera zonas de acampada. La mujer se acerca por el lado del copiloto y me mira. Sus ojos marrones centellean. Su melena oscura se pierde con la nocturnidad. Es realmente guapa.

– Por favor…-dice-¿Podría llevarme a casa?.
Su voz parecía herida.
– Sube, ¿Dónde vives?¿Es por aquí cerca?.
No me escucha. Directamente entra en mi coche y se sienta a mi lado. Arranco de nuevo y nos ponemos en marcha. Tengo muchas preguntas que hacerle, eso de estar a las tantas de la madrugada en pijama por la carretera no es normal. A pesar de todo esto, estoy realmente ensimismado con ella.

– ¿Como te llamas? ¿Eres de por aquí?
– María.
– ¿María? ¿Es ese tu nombre?
– Si. Y no, no soy de por aquí.
La miro extrañado ¿Se habrá fugado de algún sanatorio mental? No lo parece sin duda. Me limito a hacerle más preguntas, para saber más de ella. Mis ojos la analizan completamente. Su camisón está ajado pero ella no está herida. Se puede ver su carne pálida a través de las roturas… Entonces me mira. Es realmente guapa.

– No haga eso.
– ¿El qué?
– Mirarme así. No debería.
– ¿Por que? ¿Te he ofendido?
– Debería mirar a la carretera.
– No te preocupes, no hay tráfico.
– No, no lo hay, pero en esa curva yo morí.
Miro a la carretera, y después de nuevo al copiloto. Ella no está. De nuevo miro la carretera y noto que la oscuridad invade el coche. Noto que mi cuerpo, todo el coche, flota durante unos segundos. Después el silencio.

El dolor en mi abdomen me despierta. Noto huesos de mi cuerpo en zonas que no deberían estar. Noto el sabor a hierro. Estoy boca abajo. Rodeado de tierra, piedras, acero y sangre. Intento escapar pero estoy atascado. Entonces miro por la ventanilla rota. Allí está ella. Allí está la chica de la curva. Mirándome. Me sonríe. Es realmente guapa. Se acerca a mí y me dice que todos somos iguales, que todos paramos y la miramos. Que todos la miramos para no ver la curva. Que todos la miramos por última vez, para morir.

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